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Los mensajeros distraídos

Martes, 24 de Noviembre de 2009 Dejar un comentario Ir a comentarios

Los oyentes del culto de la Buena Nueva discurrían sobre las polémicas que se entablaban constantemente en torno a la fe, en los círculos del fariseísmo de varias escuelas, cuando el Cristo, dentro de la profunda sencillez que le caracterizaba, narró, tolerante:

— Un gran señor recibió alarmantes noticias de vasta agrupación de siervos, en zona distante de la sede de su gobierno, que se veían fustigados por fiebre maligna, y, deseoso de socorrer a los tutelados que sufrían en la remota región de sus dominios, les envió mensajeros de confianza, llevando los remedios adecuadas a la situación y providencias alusivas al reajuste general.

Los emisarios salieron del palacio con grandes promesas de trabajo, seguridad y eficiencia en la misión; pero, tan pronto se vieron fuera de las puertas del señor, comenzaron a pelear por la elección de los caminos.

Unos insistían en el atajo, otros en la planicie sin espinas y otros, aún, pedían el pasaje a través de los montes.

Muchos días se perdieron en la disputa, hasta que el grupo se separó, cada falange atendiendo a los propios caprichos, con absoluto olvido del objetivo fundamental.

Las dificultades, sin embargo, no fueron solucionadas con decisión. Creadas las diferentes rutas, aumentaron los conflictos. Reducidas ahora, numéricamente, las expediciones sufrieron, con más rigor, los golpes esterilizadores de las opiniones personales. Los viajeros no dejaban de inventar nuevos motivos para la pelea inútil. Entre los que marchaban por la senda más corta, por la vega y por la sierra se producían discusiones improductivas, contundentes e interminables. Días y noches preciosos eran gastos en comentarios ruidosos en cuanto a la fiebre, a la condición de los enfermos o sobre los paisajes en torno. Horas difíciles de amargura y desarmonía, de momento a momento, interrumpían el viaje, siendo a mucho costo evitadas las escenas de pugilato y homicidio.

Surgían las contiendas, a propósito de mínimas cuestiones, con pleno desperdicio de la oportunidad, y, por esa razón, tanto se atrasaron los viajeros del atajo, cuanto los de la planicie y del monte, ya que se encontraron en el valle de la peste al mismo tiempo, con enorme e irremediable decepción para todos, por cuanto, sin el recurso prometido, no sobró ningún enfermo vivo en la carne.

La muerte los devoró, uno a uno, mientras los mensajeros discutidores mataban el tiempo, durante el viaje.

El Maestro fijó en los aprendices su mirada muy lúcida y adujo:

— En este símbolo, tenemos el mundo atacado por la peste de la maldad y la incredulidad y vemos el retrato de los portadores de la medicación celeste, que son los religiosos de todos los matices, que hablan en la Tierra, en nombre del Padre. Los hombres iluminados por la sabiduría de la fe, sin embargo, a pesar de haber recibido valiosos recursos del Cielo para los que sufren y lloran, a consecuencia de la ignorancia y la aflicción dominantes en el mundo, olvidan las obligaciones que les señalan la vida y, sobreponiendo sus propios caprichos a los propósitos del Supremo Señor, se desmandan en desvaríos verbales de toda especie. Mientras alimentan el disturbio, livianos y distraídos, los necesitados de luz y socorro desfallecen por falta de asistencia y dedicación.

Y acariciando a uno de los niños presentes, como si concentrase todas las esperanzas en el sublime porvenir, finalizó, sonriente y calmo:

— La discusión, por más provechosa que sea, nunca debe distraernos del servicio que el Señor nos dio para hacer.

Francisco Cândido Xavier

JESÚS EN EL

HOGAR

Por el Espíritu Neio Lúcio

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