Midiendo las distancias
Esta es la última revista que extiende su contenido en el año dos mil, y como tengo por costumbre, me parece lógico exponer mi opinión particular de cómo fue el año que se va y de cómo pienso que puede ser el que llega.
Se me ocurre pensar lo que te puede pasar a cualquiera igual que me pasa, a mí. Cuando voy por la calle, paso por un lugar donde hay un edificio y me viene esas palabras que dicen, «en este colegio fue donde empecé a aprender». Más tarde paso por otro y digo, «aquí está la universidad donde hice mi carrera». Ahora viene la segunda parte en la que recuerdo quién fue la persona o las personas que me fueron inculcando en mis sentimientos para ver cuál sería tú camino a seguir en la determinada.
He aquí donde viene la pregunta que quiero hacerme o se pueden hacer los demás, ¿Que es lo que yo he hecho desde los primeros tiempos, donde yo empecé a aprender todo lo que encierra el mundo espiritual, una vez conocida la reencarnación? Puedo haber leído cientos de libros, puedo haber escuchado a muchos oradores, hasta el extremo de que, en teoría, esté capacitado para dar charlas y explicaciones de lo que es la doctrina, pero nada de eso justifica que mi persona esté dotado de una importante ejemplaridad porque existen infinidad de palabras como en las que dicen: «A la primavera la sustituye el verano, donde las mies van a la era, allí se trilla y se a venta y queda sin paja el grano. En la actualidad seguimos andando, pero, ¿estaremos en crisis o progresando?
Quiero contar un caso que podíamos titular cómo cuento real que hoy parece cuento y mañana real- Esto se lo contaba al personal de mi grupo un día que estábamos reunidos y empecé diciendo: «Haceros cuenta que un día conocimos por alguien, que iba a salir un barco desde un determinado punto, que iba hacia un determinado lugar, donde no existían enfermedades, ni violencia, con un largo etcétera de virtudes. Que el que quisiera podía subirse en ese barco, pero nadie podía llevar nada de donde ahora vive, y el traje o vestido que se utilizara en el viaje, no podía llevar bolsillos.
Un día nos avisan y el barco zarpa a la mar, y dice un viajero: «Ay, ahora me acuerdo que deje mi despensa llena, y se la podía haber dejado a alguien». Dice otro: “Y yo dejé un sacó de harina, yo dejé muchas ropas, y yo algún dinero escondido, cosas que me habían regalado, etc., etc.”
Cuando el barco llegó al punto de destino y antes de bajar, había dos guardianes con un aparato en la mano, y por él conocían a todas las personas que alegaron haberse dejado tantas cosas sin haberlas donado antes de marchar, y cuando iba a salir la persona, le decían: «Póngase a un lado». Y cuando todos hubieron descendido, los guardianes le dijeron a los olvidadizos: «Suban ustedes otra vez de retorno, que aunque ya no encontrarán lo que dejaron, tienen que retornar».
Si entiendes lo que hoy parece cuento, no olvides que un día será tal y como lo has aprendido.
Manuel Robles.
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