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El contacto con nuestro espíritu protector

Domingo, 7 de marzo de 2010 Dejar un comentario Ir a comentarios

El contacto con nuestro espíritu protector “Ángel de la guarda”

Aprovechándonos de algunas palabras del cantante y compositor Fabio Júnior que, al hacer un homenaje a su fallecido padre, nos hace recordar cuan intensa es esa relación que mantenemos con los amigos espirituales y, más específicamente, con nuestro `ángel de la guarda´. Dice así:

“Entre las puertas de lo visible y de lo invisible, una tenue barrera nos separa de la eternidad.

Más allá de la materialidad pasajera de las cosas, queda el reino de las cosas verdaderas, que la gente carga como un tesoro en el corazón.

Lazos inquebrantables de un amor insuperable; ternuras profundas de una amistad real…

Manos que sellan como guardias en nuestro camino; espíritus de luz iluminando nuestro corazón; fantasmas familiares como guías, como fuerzas de protección.

Ahí la gente ve que el tiempo no vale nada; es pobre en el camino de la evolución”.

Según lo que podemos aprender en la Doctrina Espirita, más allá del mundo material, existe otra dimensión denominada como `mundo espiritual´. Y esas dos realidades del Universo no están disociadas, ya que una ejerce gran influencia sobre la otra.

A través de los conceptos reencarnacionistas, tenemos que todos somos espíritus inmortales cuya trayectoria evolutiva está mezclada por dos fases que se alternan de manera ininterrumpida: la vida espiritual seguida de una vida material, a través del fenómeno de la encarnación (nacimiento); que, a su vez, es nuevamente seguida de la vida espiritual por medio de la desencarnación (muerte). Y, así, sucesivamente…

Con eso, cuando no estamos encarnados, habitamos en el plano espiritual regiones compatibles con los valores morales, emocionales, intelectuales y espirituales que aun cargamos. El capítulo IV, de EL EVANGELIO SEGÚN EL ESPIRITISMO, al abordar sobre `los lazos de familia fortalecidos por la reencarnación´ (item 18), dice: “Los espíritus forman en el espacio, grupos o familias unidas por el afecto, por la simpatía y semejanza de inclinaciones; esos espíritus, felices por estar juntos, se buscan; la encarnación no los separa sino momentáneamente, porque, después de su reentrada en la Erraticidad, se reencuentran, como amigos a la vuelta de un viaje.

(…) Si unos están encarnados y otros no lo están, por eso no están menos unidos por el pensamiento; los que están libres (viviendo en el mundo espiritual) velan sobre los que están cautivos (viviendo en el mundo material), los más avanzados procuran hacer progresar a los retardados.”

Pero es en el capítulo IX (libro II), de EL LIBRO DE LOS ESPÍRITUS, que encontramos 33 preguntas que más ampliamente nos esclarecen sobre lo que serían esos desencarnados que velan sobre nosotros de manera más directa.

En la cuestión 490, tenemos: “¿Qué se debe entender por ángel guardián?”

Respuesta: “El Espíritu de un orden elevado”. O sea, él es un gran afecto que traemos del pasado, y que por ser más evolucionado, nos asiste en esta encarnación.

¿Y cuál es su misión?

Como respuesta de la cuestión 491, encontramos: “La de un padre sobre sus hijos: guiar a su protegido en el buen camino, ayudarlo con sus consejos, consolar sus aflicciones, sustentar su coraje en las pruebas de la vida”.

Es bastante compleja la tarea de ese espíritu que nos ampara, pues su asistencia tiene que transcurrir de forma de no herir nuestro libre albedrío. Por conocer nuestras dificultades íntimas y fragilidades, él nos orienta, pero no determina el camino a ser seguido; nos protege y alerta, pero, no impone las decisiones que debemos tomar, justamente para no quitar de nosotros méritos de nuestros descubrimientos y conquistas.

¿Qué nos predispone a un contacto más intenso con él?

El reconocimiento íntimo y la oración sincera. Por el hecho de que ambos elevan la frecuencia energética (patrón vibratorio) y ampliar nuestra capacidad de sintonía, a través del intercambio mental (intuición), nuestro espíritu protector actúa de manera más efectiva a nuestra sensibilidad. Es como si él nos susurrase algo; y ese fenómeno se asocia a nuestra “voz de la conciencia”, pues algo dentro de nosotros nos sugiere, por ejemplo, lo que debemos o no hacer.

Pero por el factor de la intuición es una percepción rápida, momentáneamente y pasajera; un flash súbito o una idea que brota de forma espontánea e inesperada, muchos juzgándola sin mayores créditos y no atienden a esos pensamientos más íntimos.

No obstante, no es solamente por medio de ella que nuestro “ángel de la guarda” intenta auxiliarnos. Existen otras maneras. Y quien nos da la revelación es el Espíritu Emmanuel: “Ora y pide. Enseguida, presta atención. Algo vendrá por alguien o por intermedio de alguna cosa, dándote, en esencia, las informaciones o los avisos que solicites.

En muchas circunstancias, la advertencia o el consejo, la frase orientadora o la palabra de bendición te alcanzarán el alma, en el verbo de un amigo, en la página de un libro, en una nota sencilla de la prensa y hasta incluso en un simple anuncio que se te cruce en el camino.” [1]

Con estas palabras, podemos percibir que son muchos los caminos que la Espiritualidad Mayor usa para hacer llegar hasta nosotros todo cuanto necesitamos para la sustentación del equilibrio y de la firmeza delante de nuestros desafíos: consuelo, advertencia, energías saludables, luz,…

Mientras tanto, existe una determinada ocasión en que nuestro protector conversa directamente con nosotros, “ojos en los ojos”. ¿Cuál sería ese momento?

El Espíritu Cairbar Schutel así nos dice: “En todo instante de su peregrinación por la vida material, el individuo está recibiendo importantes orientaciones del Plano Espiritual a través de las intuiciones o inspiraciones. Durante el sueño, cuando está en desprendimiento del cuerpo físico, el Espíritu, liberado momentáneamente, recibe, si estuviera al tanto receptivo, buenos consejos de los mentores y amigos espirituales.

Dar valor, es sobre todo, seguir tales alertas haciéndole más fácil la búsqueda de la evolución…

(…) Tales advertencias pueden servir para resaltar la necesidad de la autocrítica, incentivar el cambio de actitudes e incluso detener un procedimiento menos digno o anticristiano” [2]

La Doctrina Espírita enseña que durante el sueño físico, apenas nuestro cuerpo reposa. Al encontrarnos, en espíritu, parcialmente liberados de la materia que descansa, siempre buscamos regiones astrales de nuestro interés inmediato y mantenemos contacto con seres que nos son afines, sean ellos superiores o inferiores.

Con el reconocimiento íntimo y la oración, positivamente abrimos los canales de comunicación (nuestra sensibilidad) y dormimos predispuestos a permitir que nuestro espíritu protector nos ofrezca una orientación más indirecta. A veces, nos acordamos vagamente de tal asistencia, afirmando que soñamos eso o aquello. Pero, incluso que no tengamos recuerdo alguno, guardamos en nuestro interior la orientación proporcionada y, en el momento oportuno – cuando en vigilia (despiertos) –, obramos de acuerdo con aquella “voz interior” que nos habla para hacer o para evitar alguna cosa.

De ahí la importancia de la oración. A través de ella deshacemos nuestras disposiciones íntimas fuertemente envueltas en la desesperación, en la aflicción, en la no creencia, en el sufrimiento y cosas así, y nos volvemos más receptivos a las sugestiones superiores.

Efectivamente, ¿qué espera de su protegido el “ángel de la guarda”?

Utilizando las palabras dictadas por el Espíritu André Luiz, podemos afirmar que: “Los instructores de la verdad espiritual desean, antes de todo, nuestra renovación íntima, para la vida superior. Si apenas buscamos consuelo, sin adquirir fortaleza, no pasaremos de niños espirituales. Si procuramos la compañía de orientadores benevolentes, tan sólo para el gozo de ventajas personales, ¿dónde estará el aprendizaje? ¿Acaso no permanecemos, aquí, en la Tierra, en aprendizaje? ¿Habríamos recibido el cuerpo al renacer, apenas para reposar? Es increíble que nuestros amigos de la esfera superior nos vengan a suprimir la posibilidad de caminar por nosotros mismos, usando los propios pies.

Naturalmente, no nos quieren los benefactores del Más Allá para eternos necesitados de la casa de Dios y, sí, como compañeros de gloriosos servicios del bien, tan generosos, fuertes, sabios y felices como ellos ya lo son.” [3]

Con la intuición de finalizar el asunto, es imposible no citar a San Agustín (Espíritu) que, con sublimes palabras, vehementemente nos invita a la creencia y búsqueda de nuestro “ángel de la guarda”, pues es él que habla más directamente a nuestro corazón. Es con él que alimentamos “ternuras profundas de una amistad leal”, porque lo que nos sustenta unidos son “lazos inquebrantables de un amor insuperable”.

Está a nuestro alrededor el espíritu protector, incluso que no podamos verlo. La fe es la puerta que abre nuestro corazón y nos permite reconocer su presencia y su acción, inclusive cuando no lo miramos con los ojos del cuerpo físico.

Así, Agustín se expresa: “Es una doctrina que debería convertir a los más incrédulos por su encanto y por su dulzura: la de los ángeles guardianes. Pensar que se tienen siempre cerca de sí seres que os son superiores, que están siempre ahí para aconsejaros, sustentaros, ayudaros a escalar la áspera montaña del bien, que son los amigos más seguros y más dedicados que las más íntimas uniones que se pueda contraer sobre esta Tierra, ¿no es una idea bien consoladora? Esos seres están ahí por orden de Dios; él los colocó junto a vosotros y ahí están, por su amor, cumpliendo una bella, pero penosa misión. Sí, donde estéis, él estará con vosotros: las prisiones, los hospitales, los lugares de libertinaje, la soledad, nada os separa de ese amigo que no podéis ver, pero del cual vuestra alma siente los más dulces estímulos y oye los más sabios consejos.

¡Deberéis conocer mejor esta verdad! ¡Cuantas veces ella os ayudará en los momentos de crisis; cuantas veces ella os salvaría de los malos Espíritus!

(…) ¡Ah! Interrogad a vuestros ángeles guardianes (a través de la oración, del pensamiento,…); estableced entre ellos y vosotros esa ternura íntima que reina entre los mejores amigos. No penséis en esconderles nada, porque ellos tienen los ojos de Dios, y no podéis engañarlos.

(…) Cada ángel guardián tiene su protegido sobre el cual vela como un padre vela sobre su hijo, y es feliz cuando lo ve en el buen camino, y sufre cuando sus consejos son menospreciados.

No temáis fatigarnos con vuestras preguntas; estad, al contrario, siempre en relación con nosotros: seréis más fuertes y felices”. [4]

«Presentes siempre al lado de sus tutelados, los amigos espirituales de todos los encarnados están a disposición en las horas cruciales y difíciles de los destinos de aquellos que tomaron como discípulos para ayudarlos a enfrentar las adversidades, cumpliendo con las tareas a que se comprometieran antes de reencarnar.

Eso es porque no existe ningún ser humano que venga a la vida física, después de experiencias anteriores en las cuales acabó fracasando, que no se había preparado para enfrentar los mismos obstáculos y vencerlos definitivamente. Todo regreso al mundo físico es precedido de una preparación profunda y meticulosa que respeta, en primer lugar, la Misericordia del Creador, que no da fardo más pesado de las fuerzas de quien los transportará.

(…) De cualquier manera, todos renacen con condiciones de superar las caídas, elevarse sobre los escalones, saltar sobre los agujeros, atravesar las corrientes que fueran surgiendo en su trayectoria.

Y cuando todo pueda estar nebuloso, confuso, de difícil comprensión al encarnado, Dios le permite tener acceso personal a los que le están auxiliando a través de la intuición, a los amigos que, en lo invisible, nos mantienen con los pensamientos volcados para el poder de vencer a sí mismo que cada uno posee.

Por medio de la oración sincera y recogimiento íntimo, cada encarnado puede entrar en sintonía con esos amigos vigilantes y presentes en nuestra vida y que, lejos de resolver por nosotros los problemas que nos cabe solucionar, buscan infundirnos buenas ideas, pensamientos más claros y estado de ánimo propicio al caminar correcto, dentro de las necesidades evolutivas de cada uno.

Todas las personas, sin depender de ningún intermediario, ni de cualquier sensitivo especialmente dotado, pueden ser sus propios oráculos*, a través de la elevación interior, de la confianza en la bondad de Dios, en la oración simple y sincera, que dispensa todas las fórmulas ritualistas o artificiales, para transformarse, tan solamente, en la conversación franca entre hijo confuso y Padre comprensivo y sabio.

Por eso, haciendo el silencio interior, el reencarnado está abriendo condiciones de escuchar las vibraciones sutiles que le tocan el alma y que, en forma de intuiciones, le aconsejan siempre el mejor camino, dentro de la armonía de las leyes del Universo.»

* Este romance pasa en el Egipto Antiguo; por eso, el uso de este término. Los oráculos eran personas que vivían en templos y cuyas palabras tenían gran peso e inspiraban confianza, porque todo lo que hablaban era derivado de su consulta a las divinidades. Aquellos que los buscaban, siempre deseaban obtener consejos, revelaciones y las más variadas orientaciones para sus problemas y dudas existenciales.

Bibliografia:
RUIZ, André Luiz; Espírito Lucius. Os Rochedos são de Areia. Araras: Ide Editora. 1ª Edição. Capítulo 7, pág. 54.

«La unión con el mundo invisible a través de la oración representa, siempre, la lámpara en busca del motor que le ofrezca el caudal de energías para mantenerse encendida.

Y en las contingencias que envuelven al ser humano en los diversos desafíos de todas las horas, la oscuridad interna parece ser la dominante por olvidarse el sufrimiento de que él es lámpara y Dios es el Motor.

Enciéndase, ligándose a Él y, con certeza, iluminado, usted iluminará el camino y encontrará la trilla que le encaminará los pasos para la solución de aquella situación difícil.

Caminar en la oscuridad, al contrario, los llevará siempre a la caída y al aumento de los propios dolores por las heridas que el caminar ciego puede proporcionar.

Los amigos invisibles que usted posee están esperando el gesto simple de la oración desvinculada de cualquier gesto o conducta formales. Recójase, haga silencio interno, y por el pensamiento humilde y sincero, procure el Motor y hable con el.

En ese periodo, todos esos compañeros espirituales que lo aman, estarán montando la Línea de Transmisión que hará llegar hasta usted la luz que necesita, en el tiempo adecuado al suyo.

Y no se espante si, al establecer ese contacto con los que los aman, una suave sensación de alivio, un dulce escalofrío recorriendo su cuerpo físico, algún estremecimiento o una ola de calor estableciera su curso por su organismo.

Estas y muchas otras pueden ser las formas de percibir que nuestra unión, en forma de Oración, llegó hasta el Motor.

Tengamos entonces el coraje de seguir al frente, sin esperar soluciones milagrosas que no dependan de nuestra propia mejora, una vez que debemos acordarnos de que el Motor nos escucha, acepta nuestros pedidos, manda Sus fuerzas, pero quien tiene que producir la luz es la propia lámpara. Es la Lámpara que precisa encenderse.

Y usted es quien precisa iluminarse primero.

Aproveche la oración y únase al Creador que, ciertamente, quedará muy feliz de verlo iluminado por si mismo con la energía que, ciertamente, Él ya le envía a través de los amigos invisibles que lo rodean y auxilian.

Por eso, Jesús ya ordenaba: “Brille vuestra luz.”» (reseña del autor)

Bibliografia

RUIZ, André Luiz; Espírito Lucius. Os Rochedos são de Areia. Araras: Ide Editora. 1ª Edição. Capítulo 31, pág. 228.

Artículo de Silvia Helena Visnadi Pessenda
Es estudiosa del comportamento humano a la luz de la Doctrina Espirita y conferenciante en la ciudad de Rio Claro, Brasil.

Juan Carlos Mariani;

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