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Prólogo espiritual

Sábado, 13 de Marzo de 2010 Dejar un comentario Ir a comentarios

Prólogo espiritual del manuscrito de la Sra.

Amalia Domingo Soler,

dictado desde el espacio por mediación de la médium María

Voy a daros un prólogo, y ese prólogo no tendrá otro objeto que enseñar a los nuevos espiritistas de la manera que tienen que redimirse. La redención del hombre es muy sen­cilla. Sólo consiste en amar al prójimo como a sí mismo. Pero dentro de esta sencillez hay un obstáculo que levanta una muralla entre el bien y el “mal”, y no quiero decir el “mal” que los terrenales veis en el hombre criminal, pues no vengo a hablaros de esos crímenes que se cometen en la Tierra, que para esos infelices está la ley de los hombres para llamarlos al orden: dejemos toda esa escoria de ignorancia y de miseria para remontarnos a esos otros lugares donde el hombre pe­netra orgulloso, pensando que allí se encuentra la civiliza­ción. Para estos enfermos del alma será mi humilde prólogo. Bien podía haberlo dejado escrito en la Tierra, pero entonces no hubiera tenido el valor que tendrá ahora para los seres pensadores, escribiéndolo desde las alturas en que mora mi humilde espíritu. ¡Cuánta diferencia hay de contemplar a la Humanidad en vuestra vida terrena a contemplarla desde el espacio!…

Sí, hijos míos, cuando uno penetra en la vida verdadera, comprende perfectamente que, durante el tiempo que se permanece en la Tierra, se desconoce ésta por completo.

Yo, como vosotros sabéis, había procurado emplear bien el tiempo y pensaba que todo lo que hacía era obra de mi voluntad, pero no es así. Cuando el espíritu desciende a la Tierra y promete a esa “naturaleza divina”, llamada Dios, que ya nunca más volverá a caer, si la promesa es enérgica y firme, para pasar del “mal” al bien le envuelven unas fuerzas superiores a las suyas y encarna desconocedor de todo cuanto ha prometido, pero entre la promesa y el Yo se constituye una ley, y esa ley es la que rige durante nuestro paso por la Tierra. Y así es como empieza para el espíritu una existencia de lucha y de progreso. Y como en nuestro planeta todo se ignora y lo achacamos todo a la casualidad, vamos viviendo dentro de la oscuridad y la ignorancia, sin conocer esa ley que nuestro arrepentimiento ha creado y que es la que nos con­duce a puerto de salvación.

Todas las religiones tienen la tendencia de inculcar al hombre el arrepentimiento y el acto de contrición, pero la equivocación de todas está en dar al hombre un plazo tan corto para arrepentirse.

No, no, hijos míos. El hombre no tiene un plazo para reconciliarse, el hombre tiene una eternidad; el hombre ha sido, el hombre es, y el hombre será. Y los mismos dardos y desengaños que va recibiendo en un sinnúmero de exis­tencias, le van enseñando el camino de su propia regene­ración. Así es que, cuando el hombre, cansado ya de sufrir el peso de sus culpas, que consciente o inconscientemente pesa en su conciencia, dice “¡no puedo más!”, entonces, sin que nadie le recrimine, sin que nadie le juzgue, sin que nadie le castigue, él sólo invoca su regeneración. Cuando un es­píritu ha pasado por la Tierra lleno de adulaciones y placeres, al penetrar en el mundo de la verdad es tan grande su de­sengaño, que afluye el llanto a su alma, y éste es el Jordán de su regeneración.

Así me sucedió a mí después de haber malgastado tantas y tantas existencias, después de haber empleado mal un talento, después de haberme mofado, en fin, de todos aque­llos seres que de buena fe acudían a mí para que los empapara con el rocío de mi inteligencia. Y no me servían de otra cosa más que de desprecio y de burla aquellos tesoros intelec­tuales, que sólo se conceden a los hombres para que hagan un buen uso de ellos. Yo, en aquella existencia lo hice todo al revés.

Ya en un buen número de encarnaciones, la poesía ha sido mi única compañera, y si de esa flor tan delicada hubiera hecho el uso que hice de ella en mi última existencia, no hubiera tenido que penetrar tantas y tantas veces en la morada de mi Padre.

¿Es que encontré, al despertar mi espíritu, a los jueces que me recriminaron? ¿Es que allí hallé un tribunal que me juzgó? No. Allí sólo encontré el remordimiento de mis pe­queñeces. Allí sólo vi fotografiadas aquellas carcajadas de desdén y de desprecio que yo dirigía a un humilde pueblo.

Llegó, afortunadamente, la luz para mi pobre espíritu y comprendí en la equivocación que había vivido. Y entonces, ¿qué hacer? ¿A dónde me dirijo? ¿A quién llamo? ¿A quién pido perdón? ¡Ah! ¿Es que tendré que pedirle perdón a ese mismo pueblo? No. Ese pueblo sigue a mi alrededor, me contempla y me perdona, porque, por regla general, los pequeños de la Tierra son los grandes de espíritu. Y éstos, ya de cerca, ya de lejos, pedían mi regeneración, porque comprendían que si mi pobre espíritu llegaba a la reconci­liación, podría dar a ese mismo pueblo toda la luz que un día por su jactancia y orgullo le había negado. Así fue que ese mismo pueblo tan sencillo y tan bueno rodeó al espíritu del orgulloso poeta, y puesto en forma de coro, elevó una ple­garia a lo infinito.

Yo allí, como el judío errante, en medio de tanta bondad, de tanto amor, hice ese examen de con­ciencia que sólo se hace cuando el alma se da verdadera cuenta del tiempo que ha perdido. Entonces es cuando el acto de contrición es puramente verdadero; entonces es cuando el espíritu ya no puede retroceder de lo que ha prometido; entonces es cuando aquel panorama de almas abnegadas y justas dejan al pobre pecador solo; es cuando viene el llanto que es el bautismo del alma.

Todas las formas que existen en el planeta Tierra, todas son símbolos de la verdad. Cuando el hombre se apodera de la verdad, cubre con el velo de su maldad toda la verdad que encierra aquel símbolo de amor. El hombre no puede bau­tizar al hombre; el hombre no puede redimir al hombre; el hombre sólo se bautiza cuando retira el velo del orgullo que le domina. Entonces ve la verdad y es cuando se redime por el sufrimiento que sus mismas pequeñeces le han proporcio­nado.

Por el llanto que brota de su alma se redime y se bautiza, y esa redención y ese bautismo es obra propiamente suya. Entonces es cuando se prepara una nueva existencia, dando a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César, descendiendo a esa penitencia dispuesto a luchar y a vencer. ¡Bendita regeneración! ¡Si vosotros pudierais contemplar lo hermoso que es el trabajo de un espíritu cuando de verdad se ha redimido, cuando de verdad se ha bautizado! A su paso por la Tierra no le han importado ni el escarnio ni la mofa de los humanos, porque ha descendido, prometiendo sufrir y vencer: justo es que quien ha hecho sufrir y llorar se en­cuentre luego en las mismas condiciones.

Nunca debéis dudar, nunca debéis decir que todo cuanto os rodea u os acontece no es obra vuestra y que es debido a la casualidad, pues todo lo que os sucede son los aconte­cimientos hijos de vuestra misma labor. Y de este modo vais tejiendo la tela que os envolverá el día de mañana.

Cuando de estas verdades os convenzáis, no tendréis ne­cesidad de ir en busca de emisarios que os castiguen o que os perdonen. Entre Dios y los hombres no puede haber escogidos ni privilegiados, porque Dios es el hombre, él es Dios, y todo se rige dentro de la verdad, dentro de esa ley suprema. Así es que el hombre debe trabajar para redimirse a sí mismo, y cuando esté limpio de pecado podrá empezar a conocer a Dios.

Todos los que niegan la existencia de Dios tienen razón, y digo tienen razón porque son almas tan pequeñas que aún no han comprendido de dónde emana esa inspiración que los alienta y los guía por el destierro de la vida, y por lo tanto, si no se conocen ellos mismos, ¿cómo van a comprender a Dios? Conocer a Dios es muy difícil y es muy fácil. El espíritu conoce a Dios cuando ha sufrido y llorado mucho, porque para conocer lo bello y lo grande se tiene que haber pasado antes por esos estados ambientales en que el hombre se asfixia, y dentro de esa misma labor es cuando el hombre analiza y conoce la verdad. Para que el hombre ore con el alma, es necesario que se encuentre en un sitio donde las zarzas cierren su paso, pues cuando se ve imposibilitado de salir de este laberinto es cuando decae su cuerpo y se eleva su alma. Para el alma nunca se cierran todas la puertas en el momento que el momento que su cuerpo gime y llora y dice: “¡No puedo más!” El alma, entonces, busca un punto de apoyo en el océano del infinito, y desde allí contempla esas olas tempestuosas de la vida, comprendiendo, en sus mo­mentos de lucidez, el “porqué” de su triste situación. Y cuando el alma se convence de que así puede llegar al fin deseado, renuncia a todos los goces terrestres.

¡Sí, hijos míos! Al espíritu le es imposible llegar a la felicidad cuando los placeres materiales absorben todos sus pensamientos, y así le sucedió a mi pobre espíritu, que, cuando todo le sonreía y sobraba, cuando una Humanidad le admiraba por su gran talento, fue cuando mi Yo iba des­cendiendo de pendiente en pendiente hasta llegar al fondo de un precipicio.

¡Triste y amargo es describir lo que le sucede a un alma cuando se encuentra en esa pobre situación!… El gran mancebo, el satírico poeta, el bufón de otros tiempos… Todas estas y otras pequeñeces que omito porque sería inter­minable mi narración, me sugieren estas y otras reflexiones al parangonar mis dos últimas existencias. ¡Cuánta sombra dentro de la opulencia!… ¡Cuánta luz dentro de la miseria!… ¡Qué cambios tan bruscos recibe el espíritu, cuando, en un momento dado, pasa por delante de sus ojos, como visión cinematográfica, tantas y tantas costumbres, tantas y tan variadas posiciones sociales, tantas y tan diferentes maneras de pensar, siendo todo, en conjunto, obra de uno mismo! ¡Cuán grande es Dios! ¡Qué grande es su obra, su amor y su misericordia! ¡Qué sublimes su bondad y sabiduría in­finitas, dando al hombre una eternidad para que vaya, po­quito a poco, limando la cadena de sus imperfecciones! Allí cayendo, allá levantándose; aquí sufriendo, allá llorando, y más tarde negando sus divinas bondades, porque, cuando el hombre está dentro de la prueba, son tan grandes y tan rudos los golpes que recibe, que llega a dudar de la misericordia de Dios.

Pero esta ley inflexible sigue su curso sin inmutarse ni trastornarse por más que toda una Humanidad niegue su gran poder. Todo en el Universo sigue su rumbo; ni las carcajadas de los audaces ni las lágrimas de los humildes pueden detener su paso. El hombre es hijo de la ley; la ley rige al hombre; el hombre ha de acatar la ley y la ley acaricia al hombre; y éste con su calma, con su amor y con todo lo que es ley y verdad, va siguiendo el curso que es justo que siga. Ahora bien, si todo es justo y todo es obra de la ley, ¿por qué, Dios mío, esa misma ley no hace que el hombre no caiga? Esto, más de una vez, con lágrimas en los ojos y el corazón partido, en mi última existencia lo habían pro­nunciado mis labios. Pero, ¡ay! Qué diferencia se encuentra mientras está uno en la ignorancia de la Tierra, a cuando se halla dentro de esa divina cascada de la que mana el agua de la regeneración! ¡Qué hermosa es la situación del espíritu cuando, por sí mismo, puede ya buscar ese bendito manantial para bañarse y quedarse limpio de pecado! Después de haber obrado esta operación, es cuando puede el alma contemplar y poner las cosas en su debido lugar. Así me ha sucedido a mí, y así les sucede a todos los espíritus que, como yo, han pasado una existencia de llanto y de soledad, de abandono y de miseria, animando un cuerpo inútil, enfermo y falto de todo lo necesario.

Ésta fue mi última encarnación, como vosotros sabéis, y es a la que mi espíritu tiene más cariño por haber sido la única que supo aprovechar. Estos sitios me atraen por haber sufrido tanto en ellos, pues así como cuando un cuerpo cae a un precipicio, el médico, antes que respetarlo, procura su cu­ración, sin inmutarse porque el paciente sufra y llore, porque el afán del doctor es salvarle la vida, comprendiendo que en aquellos momentos corre peligro, y para lo cual emplea toda su sabiduría para salvar un cuerpo que mañana le bendecirá. Y cuando han pasado los grandes dolores y el cuerpo queda sano como antes de la caída, corre en busca del doctor para felicitarle y demostrar su gratitud. En las mismas condiciones se encuentra el alma después de la caída: vienen los dolores, después de los dolores llega la regeneración, y cuando el alma se ha reconciliado consigo misma, busca con placer aquellos lugares en los cuales ha sufrido y llorado tanto.

Mi espíritu ha tenido predilección por encarnar muchas veces en este suelo español. En él he gozado y he tenido el orgullo de ser tributado y agasajado por aquellos sencillos espíritus que no comprendían el orgullo del mío. En este suelo he recogido muchas flores que convertía, por mi jac­tancia e ingratitud, en espinas para aquellos pobres jardine­ros que se habían esmerado tanto en presentármelas. ¿Cómo cambiar de lugar? ¿Cómo tomar diferente rumbo, si no es posible coger el fruto sazonado lejos del árbol que lo arroja? A la sombra del mismo árbol, a los rayos del mismo sol, bajo el mismo ambiente es donde se tienen que recoger, una a una, todas aquellas espinas que uno por su orgullo ha hecho brotar de las flores. Aquellas espinas, por justa ley, tienen que penetrar dentro de nuestras carnes para producir el mismo dolor que hemos producido a los demás. Así es de la única manera que el espíritu puede dar el paso más agigantado. Y aunque parezca que el espíritu lo tenga todo vedado en el transcurso de la vida, no es así: en sus momentos de lucidez se da verdadera cuenta de sus caídas y de sus promesas de quererse regenerar. Cuando el espíritu empieza una nueva labor, gime el cuerpo y se sonríe el alma, y esas dos entidades que al parecer no van unidas, dentro de la realidad funcionan en buena armonía, y poco a poco van cumpliendo esa gran misión llamada progreso.

La Tierra es un vergel de flores. Sólo en sus troncos guarda las espinas, y esos troncos y esas espinas no son confeccionados por Dios, sino que es la obra de vuestras imperfecciones. Cuando el hombre quiera ser feliz, lo será: su felicidad consiste en el sagrado cumplimiento de sus de­beres. Cuando el hombre comprenda que su paso por la Tierra es un trabajo de prueba, empezará su verdadera labor, fatigando su cuerpo y ensangrentándose las manos para arrancar las espinas del tronco de la inmoralidad, del orgullo, de la envidia, etc., que él mismo ha fabricado. Es un trabajo rudo, pero para dejar el planeta limpio de imperfecciones, la obra ha de ser puramente vuestra. El hombre, sólo él es quien ha hecho crecer las espinas. Sólo él es el que ha con­vertido ese jardín en un campo árido y sin placer ninguno. Pero el hombre se cansará de sufrir, sí. Se cansará de llorar, y fatigado en la “playa” de su vida, escuchando el lenguaje de su conciencia, empezará su redención. Después de redi­mido bendecirá los contratiempos de la vida; bendecirá la tierra ingrata que con el arado en la mano ha ido removiendo, socavando y buscando el fruto de la semilla que él mismo sembró. Entonces es cuando cada espíritu se encargará de quitar las piedras que ha puesto en su camino; entonces será el planeta Tierra ese vergel que os he mencionado antes, ¡ah!, y entonces, ¡qué hermoso será descender a la Tierra! Todo se regularizará y marchará como es debido que marche, porque vuestro mundo también está enlazado con la rueda de otros mundos. También a los otros planetas les ha tocado pasar por la misma rotación que el vuestro, y ahora disfrutan sus moradores de esa plácida calma que necesitan los espíritus para comprender a Dios.

Yo escribí ese trozo de manuscrito sin acordarme que nunca tuviera que salir a la luz, pero las fuerzas que me inspiraban para que lo hiciera sí que lo sabían. Esas mismas fuerzas invisibles son las que ahora se han apoderado de vosotros, para que no pasara desapercibido la manera y por dónde tiene que pasar el espíritu para purificarse y empren­der el camino de la regeneración. El espíritu, en sus princi­pios, es un tosco pedazo de hierro (valga la comparación).

Este pedazo de hierro, para convertirse en un objeto artís­tico, tiene necesariamente que pasar por la fundición, donde, después de mil tormentos, complemente purificado, con­vertido en un objeto de arte, es la admiración de los que lo contemplan. Pues lo mismo le acontece a los espíritus. Todos, absolutamente todos, “sienten la necesidad” de pasar por la Gran Fundición, dejando en ella, a costa de sus justos tor­mentos, las imperfecciones adheridas a su espíritu, purifi­cándose con el fuego de los sufrimientos.

Este humilde y sencillo prólogo no tiene otro objeto que enseñar al hombre por dónde tiene que caminar. Que com­prenda y que se convenza que nada es hijo del azar, que todo es obra de nosotros mismos, y que cuanto más se sufra y llore, más cerca se está de la felicidad. En todos los días borrascosos que encontréis en el camino de la vida, debéis de bendecir a Dios, porque teniendo fuerza y resignación, si en vez de rebelaros os domináis como niños dóciles, el acíbar de la hiel que se acercará a vuestros labios no será tan amargo, pues será endulzado en esos momentos, si tenéis la resignación debida para llevar el peso de la cruz. Acordaos cuánto sufrió aquel espíritu de amor y caridad cuya existencia no tuvo otro objeto que enseñar al hombre de la manera que tenía que redimirse. Pero los transformadores de religiones han hecho tanto daño a la Humanidad, empequeñeciéndose ellos mis­mos tanto, que han esparcido una atmósfera putrefacta que la envenena. Ahora, esos espíritus que escondieron la luz debajo del celemín van comprendiendo el error en que han vivido, oscureciendo la verdad. Esos espíritus que han vivido tantos siglos a la sombra de falsas religiones, son los que ahora más se apresuran en derrumbar esos sombríos edificios para que la luz de la verdad se esparza por ellos.

Aquí donde estoy yo, quisiera, en un momento dado, que os pudierais reunir todos, para que distinguierais, como yo, la verdad de la mentira, la luz de la sombra, y así podrían dar vuestros espíritus el paso agigantado que se necesita para cuando llegue la transformación del planeta.

Estas pobres líneas son hijas del cariño y amor que tengo a mi hermoso Ideal, y quisiera que todos los discípulos que pertenecéis a nuestra filosofía dierais el ejemplo, en vez de entreteneros en esas miserias mundanas, enriqueciéndoos de espíritu, porque, ¡ay!, la felicidad que sigue después de una existencia de amargura y sufrimiento no se puede describir: se negaría la pluma del más famoso escritor a trazar en el papel esos conceptos bellos e indescriptibles para el hombre.

En el siglo que estáis, aún no le está concedido al hombre el poder contemplar de cerca esas maravillas. Para realizarlo, tiene antes que purificarse por el sufrimiento. ¡Bendito mil veces el sufrimiento, que nos reporta una eternidad de goce; menos, mucho menos que un granito de arena en la inmen­sidad de los océanos!

¡Ánimo, amigos míos! Yo procuraré con mi amor pene­trar en vuestro Yo y empaparos de esas verdades, que al papel no se pueden trasladar porque la pobreza del lenguaje humano no puede expresar las bellezas de la Verdad. ¡Ánimo y no desmayéis! ¡Adelante! Que todo cuanto os he mani­festado es opaco ante la realidad. No hay más cielo que un alma tranquila, no hay más riqueza que el recuerdo de haber obrado bien y haber sido siempre el marinero dispuesto a lanzarse en el furor de la tempestad, de esas tempestades que se desencadenan en los hogares, haciendo con su esfuerzo de un mar tempestuoso, un mar en calma. Si así obráis, podéis esperar la muerte sin miedo y sin temor. Antes al contrario, debéis aguardar ese feliz día como el que espera un adve­nimiento que ha de reportarle la dicha y la felicidad…

¡Benditos los justos! ¡Dichosos los humildes y los limpios de corazón, que para ellos será la felicidad eterna!… ¡Adiós, hijos de mi Ideal!, y que para vosotros sea ese hermoso Faro llamado Espiritismo, el que os conduzca al puerto que me ha dirigido a mí. Allí os espero, allí os aguardo con el cariño de una madre que va buscando la felicidad para sus hijos, para colocarlos donde ella desea y que no sufran más. No os canséis de leer mi último paso por la Tierra y mi despertar en el espacio, sirviéndoos estas sencillas páginas de brújula que os guiará para que no volváis a caer en el fangoso mar de las pasiones.

¡Adiós!… Me despido de vosotros diciéndoos: ¡Hasta luego!… Os espero en las regiones de amor, donde nos reuniremos todas las almas que, como ésta, han sabido aprove­char su último paso por la. Tierra.

Extraído del libro, Memoria De Una Mujer,

por Amalia Domingo Soler

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