El infierno cristiano imitado del infierno pagano

El infierno cristiano imitado del infierno pagano El infierno cristiano imitado del infierno pagano. El infierno de los paganos, descrito y dramatizado por los poetas, ha sido el modelo más grandioso en su género. Se ha per­petuado en el de los cristianos, el cual también tuvo sus cantores poéticos. Comparándolos se encuentra en ellos, salvo los nombres y algunas variaciones en los detalles, numerosas analogías: en uno y en otro el fuego material es la base de los tormentos, por­que simboliza los más crueles padecimientos. Pero, ¡cosa extra­ña!, los cristianos, en muchos puntos, han sobrepujado al infierno de los paganos. Si estos últimos tenían en el suyo el tonel de las Danaides, la rueda de Ixan, la roca de Sísifo, eran suplicios indivi­duales, pero el infierno cristiano tiene, para todos, sus calderas hirviendo, cuyas coberteras levantan los ángeles para ver las con­torsiones de los condenados, y Dios oye sin piedad los gemidos de éstos durante la eternidad.

Jamás dijeron los paganos que los moradores de los Campos Elíseos recreasen su vista con los suplicios del Tártaro. Sermón predicado en Montpellier. 1860.

“Los bienaventurados, sin salir del lugar que ocupan, saldrán de cierto modo, en virtud de su don de inteligencia y de clarividencia a fin de contem­plar los tormentos de los condenados. Y viéndoles no sólo no sentirán ningún dolor, sino que les enajenará la alegría, y darán gracias a Dios de su propia dicha asistiendo a la inefable calamidad de los impíos” (Santo Tomás (le Aquino).

Como los paganos los cristianos tienen su Rey de los infier­nos, que es Satanás, con la diferencia que Plutón se limitaba a go­bernar el sombrío Imperio que le cupo en suerte, pero no era malo: guardaba allí detenidos a los que habían obrado mal, por­que era su misión, pero no se ocupaba en inducir a los hombres al mal para darse el placer de hacerles sufrir, mientras que Satanás busca en todas partes víctimas que se complace en atormentar por sus legiones de demonios armados de garfios para removerlos en el fuego. Se ha llegado incluso a discutir seriamente sobre la natu­raleza de este fuego que quema sin cesar a los condenados sin con­sumirles jamás; se ha dicho si era o no un fuego de alquitrán.

El infierno cristiano no es, pues, inferior en nada al infierno pagano. Sermón predicado en París en 1861.

Las mismas consideraciones que movieron a los antiguos a localizar la mansión de la felicidad, hicieron circunscribir también el lugar de los suplicios. Habiendo los hombres colocado la primera en las regiones superiores era natural colocar la segunda en las regiones inferiores, es decir, en el centro de la Tierra, cuya entra­da creían eran algunas cuevas sombrías y de aspecto terrible. También allí los cristianos colocaron, durante largo tiempo, el lugar de los réprobos. Notemos todavía sobre este asunto otra analogía. El infierno de los paganos contenía, en un lado, los Campos Elíseos, y en el otro, el Tártaro.

El Olimpo, mansión de los dioses y de los hombres divinizados, estaba en las regiones superiores. Según el Evangelio Jesús descendió a los infiernos, es decir, a los lugares bajos, para sacar de allí a las almas justas que esperaban su venida. Los infiernos no eran, pues, únicamente un lugar de suplicios, lo mismo que los de los paganos estaban en los lugares bajos. Así como el Olimpo, la mansión de los ángeles y de los santos, estaba en las regiones elevadas, la habían colocado más allá del cielo de las estrellas, que se creía era limitado.

Esa mezcla de ideas paganas y de ideas cristianas no debe extrañarse. Jesús no podía inmediatamente destruir creencias arraigadas. Los hombres carecían de los conocimientos necesarios para concebir el infinito del espacio y el número infinito de mundos. La Tierra era para ellos el centro del Universo. No cono­cían ni su forma, ni su estructura interior. Todo para ellos estaba limitado a su punto de vista. Sus nociones sobre el provenir no po­dían extenderse más allá de sus conocimientos.

Jesús se encontra­ba, pues, en la imposibilidad de iniciarles en el verdadero estado de las cosas. Pero, por otro lado, no queriendo con su autoridad sancionar preocupaciones admitidas, se abstuvo de ocuparse en ellas, dejando al tiempo el cuidado de rectificar las ideas. Se ciñó a hablar vagamente de la vida bienaventurada y de los castigos que sufrirán los culpables, pero en ninguna parte de sus enseñanzas se encuentra el cuadro de los suplicios corporales, hecho artículo de fe por los cristianos. He aquí como las ideas del infierno pagano se han perpetuado hasta nuestros días. Ha sido necesaria la difusión de los conoci­mientos de les tiempos modernos y el desarrollo general de la inteligencia humana para condenarlas.

Pero entonces, como nada positivo había sustituido a las ideas admitidas, al largo período de una creencia ciega sucedió, como transición, el período de incre­dulidad, al cual la nueva revelación viene a poner término. Era preciso demoler antes de reconstruir, porque es más fácil hacer admitir ideas justas a aquellos que en nada creen, porque ven que les falta algo, que no a los que tienen una fe robusta en lo que es absurdo. Por la localización del cielo y del infierno, las sectas cristia­nas han venido a admitir para las almas sólo dos situaciones extre­mas: la perfecta dicha , el padecimiento absoluto.

El purgatorio sólo es una posición intermedia momentánea, al salir de la cual pasan sin transición a la mansión de los bienaventurados. No po­dría ser de otro modo, según la creencia en la suerte definitiva de las almas después de la muerte. Si sólo hay dos mansiones la de los elegidos y la de los réprobos no se pueden admitir varios grados en una sin admitir la posibilidad de alcanzarlos, y por consiguien­te, el progreso. Pues si hay progreso no hay suerte definitiva y, si hay suerte definitiva, no hay progreso. Jesús resuelve el problema cuando dice:

“En la mansión de mi Padre hay, muchas moradas.


El evangelio según el espiritismo capitulo III­ Extraído del libro;
El cielo y el infierno. Allan Kardec

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