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El poder de las tinieblas

Viernes, 30 de Julio de 2010 Dejar un comentario Ir a comentarios

Centralizándose la charla en el estudio de las tentaciones, Jesús contó, sonriente:

— Un valeroso servidor del Padre se desplazaba, gallardamente, en populosa ciudad de pecadores, con tanta devoción a la fe y a la caridad, que los Espíritus del Mal se impacientaron al contemplar tanta abnegación y desprendimiento. Después que le armaron las más peligrosas trampas, sin resultado, enviaron un representante al Genio de la Tinieblas, a fin de oírle al respecto.

Un compañero de conciencia ennegrecida recibió la incumbencia y partió.

El Grande Adversario escuchó el caso, atentamente, y recomendó al Demonio Menor que presentase sugerencias.

El subordinado habló, con énfasis:

— ¿No podríamos despojarlo de todos los bienes?

— Eso, no — dijo el perverso orientador —; para un siervo de ese temple la pérdida de los recursos materiales es liberación. Encontraría, así, mil modos diferentes de aumentar sus contribuciones a la Humanidad.

— Entonces, le castigaremos la familia, dispersándola y constriñéndole a los hijos a llenarle de oprobio e ingratitud… — aventuró el pequeño perturbador, con reticencia.

El perseguidor mayor, no obstante, estalló en carcajadas y objetó:

— ¿No ves que, de ese modo, se integraría fácilmente con la familia total qué es la multitud?

El embajador, decepcionado, acentuó:

—Tal vez sea conveniente que le flagelemos el cuerpo; lo llenaremos de heridas y aflicciones.

— Nada de eso — añadió el genio satánico —, él hallaría medios de enfervorizarse en la confianza y aprovecharía la oportunidad para provocar la renovación íntima de mucha gente, por el ejercicio de la paciencia y de la serenidad en el dolor.

— ¡Moveremos la calumnia, la sospecha y el odio gratuito de los otros contra él! — clamó el emisario.

— ¿Para qué? — contestó el Espíritu de las Sombras. — Se transformaría en un mártir, redentor de muchos. Se valdría de toda la persecución para engrandecerse más, delante del Cielo.

Exasperado, ahora, el demonio menor adujo:

— Será, en fin, más aconsejable que lo asesinemos despiadadamente…

— ¿Qué dices?, — replicó la Inteligencia perversa — La muerte sería para él la más dulce bendición por reconducirlo a las claridades del Paraíso.

Y viendo que el aprendiz vencido se callaba, humilde, el Adversario Mayor hizo un expresivo movimiento con los ojos y aconsejó, locuaz:

— No seas tonto. Vuelve y di a ese hombre que él es un cero en la Creación, que no pasa de un mezquino verme desconocido… Imponle el conocimiento de la propia pequeñez, a fin de que jamás se engrandezca, y verás…

El enviado regresó satisfecho y puso en práctica el método recibido.

Rodeó al valiente servidor con pensamientos de desvalimiento, acerca de su pretendida insignificancia y le lanzó preguntas mentales como éstas: “¿cómo te atreves a admitir algún valor en tu obras destinadas al polvo? ¿No te sientes un simple juguete de las pasiones inferiores de la carne? ¿No sientes vergüenza de la animalidad que traes en el ser? ¿Qué puede un grano de arena perdido en el desierto? ¿No te reconoces en la posición de oscuro fragmento de lodo?”

El valeroso colaborador interrumpió las actividades que le correspondían y, después de escuchar largamente las peligrosas insinuaciones, se olvidó que el frondoso olivo comienza con el brote débil y se acostó, desalentado, en el lecho del desánimo y de la humillación, para despertar solamente en la hora en la que la muerte le revelaba el infinito de la vida.

Se calló Jesús, contemplando la noche calma…

Simón Pedro pronunció una sentida oración y los apóstoles, en compañía de los demás, se despidieron esa noche, pensativos y admirados.

Francisco Cândido Xavier

JESÚS EN

EL

HOGAR

Por el Espíritu Neio Lúcio

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