Caso XXXIII
¿TIENEN ALMA LOS ANIMALES?
Caso XXXIII – (Visual-auditivo-colectivo, con anterioridad del animal sobre el hombre e impresión, por la perceptora, de un soplo de viento frío). El caso fue recogido y examinado por el profesor James Hyslop, que lo publicó en el Journal of the American Society for Psychical, (1907, p. 432), sin dar los nombres de los protagonistas, a ruego de la señora autora de la narración. He aquí lo que cuenta ella:
Hace dos años, mi primo William P., de 21 años de edad, moría tuberculoso. Desde los primeros años de la infancia existía entre nosotros el más profundo afecto y la circunstancia de ser ambos enamorados de la música nos ligaba todavía más, aunque él viviese en Tottenville (Nueva York) y yo, X., a una distancia de doscientas millas. El mes de marzo de 1901 cayó enfermo y… falleció el 29 de marzo de 1902. En aquella ocasión, yo estaba en mi cuarto y leía la Biblia. Me hallaba sola con mi hijo de cuatro años, dormido en su camita, y mi perrito favorito. El cuarto daba a un gabinete de trabajo cuya puerta era una doble cortina de color azul. Leí atentamente y sin ser perturbada durante algún tiempo, pero, en un momento dado, oí pasos pesados en dicho gabinete, y al instante siguiente, un soplo de viento glacial abría las cortinas, rozando mi rostro. El animal levantó la cabeza, miró en aquella dirección y corrió, gimiendo, a meterse debajo de una silla. A mi vez, miré y percibí, entre las cortinas de la puerta, el espíritu de mi primo, alto y erecto, tal como era antes de la enfermedad, con los brazos extendidos, una sonrisa angélica en los labios. Permanecí mirándolo como petrificada, durante algunos minutos, y lo vi desaparecer cuando el reloj marcaba las nueve. En el mismo instante, oí sonar el timbre de la puerta y llegaba un telegrama diciendo: William falleció a las ocho. Ven inmediatamente.
Mi madre me dijo que el rostro de mi primo recién fallecido ofrecía a la vista una expresión de gran sufrimiento, pero que, después de cerca de media hora, había experimentado un cambio extraño, transformándose en una sonrisa angélica, que aún conservaba cuando lo depositamos en el esquife, sonrisa con la cual se me apareció entre las cortinas de la puerta del gabinete de trabajo.
Si esta narración fuese publicada, haga el favor de suprimir los nombres de los protagonistas, pues mis familiares atribuyen mi visión a una sobreexcitación nerviosa. (Firmado con la firma completa: señora H.L.B.).
El profesor Hyslop escribió al marido de la señora H.L.B., que es médico, y él confirmó los hechos así:
Respondiendo a las preguntas de V.S., que me formuló en su carta de 22 de mayo, declaro que las dos notables experiencias relatadas por mi esposa se desarrollaron tal como ella las relató. El segundo acontecimiento, en relación al fallecimiento de uno de nuestros primos, no está menos presente en mi memoria que el primero. Éste ocurrió antes de la llegada del telegrama comunicándonos su fallecimiento. Mi esposa contó en seguida lo ocurrido a la doncella, que se encuentra actualmente en Filadelfia, y al Sr. J.H., residente ahí. No sé cómo explicar teóricamente los hechos en cuestión. (Firmado con firma entera: doctor M.L.).
En este caso aún, el primer perceptor fue un perro.
Hay que notar que el espíritu del difunto se manifestó una hora después de su muerte, presentando en el rostro la misma sonrisa angelical que había aparecido en el cadáver una hora después del deceso; y que, además de esto, su manifestación fue precedida por el fenómeno auditivo de pasos pesados provenientes del gabinete de trabajo, al igual que lo que se percibe durante las sesiones experimentales en el momento de la materialización mediúmnica.
La circunstancia teóricamente más importante es la demora de una hora en la manifestación telepática, aunque esto pueda explicarse por la hipótesis de la telepatía retardada; sin embargo esta hipótesis ya no es válida cuando se trata de hechos del mismo género en que la demora fue de días y de semanas, resultando de ello la necesidad de recurrir a una hipótesis más comprensible, capaz de explicar cumulativamente toda la serie de manifestaciones retardadas coincidentes con casos de muerte. Ahora bien, esto no puede hacerse sin acoger estas manifestaciones en la categoría de las apariciones de muertos y no en la de las apariciones de vivos, como se ha venido haciendo hasta hoy. Esto no lo adelantamos, entiéndase bien, sino de manera general, admitiendo la posibilidad de excepciones a la regla en los casos de breves demoras, conforme a condiciones especiales.
LIBRO
ERNESTO BOZZANO
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