Roma
EL PUEBLO ETRUSCO
Reconociendo la dedicación al trabajo, por parte de todos los espíritus que se habían situado en la Italia primitiva, entonces dividida en dos partes importantes, que eran la Galia Cisalpina y la Magna Grecia, al norte y al sur de la península, los delegados y ayudantes de Jesús proyectan la fundación de Roma, que se levantó rápidamente, coronada de numerosas leyendas para desempeñar un gran papel en la evolución del mundo. En ese tiempo el valle del Po estaba habitado por los etruscos, que se veían humillados por las continuas invasiones de los galos. De todos los elementos que formaron los ascendentes de la Italia moderna, eran de los más esforzados, laboriosos e inteligentes.
En las regiones de Toscana, poseían grandes industrias de metales, una marina notable y un destacado progreso en el cultivo de la tierra y, sobre todo, sentimientos evolucionados que les hacían diferentes de los colectivos más próximos. Creían en la supervivencia y ofrecían sacrificios a las almas de los muertos, venerando a los dioses cuyas disposiciones, cada día, creían conocer a través de los fenómenos comunes de la naturaleza. Atormentados y disgustados con las luchas constantes con los galos, los etruscos decidieron emprender una nueva vida y, guiados indirectamente por los mensajeros de lo invisible, buena parte de ellos decidió quedarse en la Roma del porvenir, que, en ese tiempo, sólo era un grupo de cabañas humildes y desprotegidas.
LOS PRIMEROS TIEMPOS DE ROMA
Defendida de forma natural por la densidad constante de población, la ciudad sumergió sus orígenes en una profunda corriente de historias interesantes y maravillosas, donde las figuras de Eneas, de la reina Silvia, de Rómulo y Remo asumieron un destacado y singular papel. La verdad, sin embargo, es que los etruscos, en su gran mayoría, habían construido las primeras bases de la ciudad, fundando escuelas de trabajo y llevando allí las experiencias más valiosas de otros pueblos, creando una nueva tierra con su esfuerzo enérgico y decidido. Allí encontraron a las tribus latinas ramnenses, titienses y lúceres, congregadas para la construcción común, de las que asumirían la dirección por largos años, poniendo los cimientos de las futuras realizaciones.
Cuando llegó Rómulo, sus ojos ya contemplaron una ciudad próspera y trabajadora, donde hizo valer su enérgica inteligencia, pero quiso la posteridad tejer en torno a él una corona legendaria y fantástica, llegándose a afirmar que su figura fue arrebatada por el carro de los dioses, con destino al cielo.
INFLUENCIAS DECISIVAS
No es necesario realizar la autopsia de la Historia en sus puntos más divulgados y conocidos, cuando nuestro único propósito es esclarecer el entendimiento del lector en relación a la dirección del planeta, donde Cristo vela incesantemente por el orbe y su destino. Pero para basar nuestra afirmación sobre las influencias etruscas en los orígenes de Roma, recordaremos la figura de Tarquinio Prisco, hijo de Etruria, que trajo a la ciudad grandes reformas e innumerables innovaciones en todas las facetas de su consolidación y progreso. Entre sus muchas renovaciones se encuentra la Cloaca Máxima y el Capitolio.
Su sucesor, Servio Tulio, pertenecía igualmente a su familia. Dividió el pueblo de la ciudad en clases y centurias, según las posibilidades económicas de cada uno, lo que disgustó a los patricios, ya organizados en ese tiempo, ya que esa reforma se realizó con unas características muy liberales, a pesar de su finalidad militar.
Donde más se evidencian las influencias etruscas en la sociedad romana, es justamente en el alma popular, que tenía devoción por los genios, los dioses y las supersticiones de toda clase, que se multiplicarían en sus contactos con Grecia. Cada familia, como cada casa, poseía su genio invisible y amigo, y, en la sociedad, proliferaban las comunidades religiosas, culminando en el Colegio de los Pontífices, cuya fundación se remonta al pasado lejano de la ciudad. Ese Colegio fue luego sustituido por el Pontífice Máximo, jefe supremo de las corrientes religiosas, de donde los obispos romanos extraerían, más tarde, el Vaticano y el papado de los tiempos modernos.
Los romanos, al contrario que los atenienses, no investigaban trascendentemente en materia religiosa o filosófica, atendiendo sólo a los problemas del culto externo, sin muchos argumentos de lógica, y por eso, con la evolución de la ciudad, el Panteón, su templo más aristocrático, llegó a poseer más de treinta mil dioses.
LOS PATRICIOS Y LOS PLEBEYOS
Después de los últimos Tarquinios, que habían intentado intensificar los poderes militares de la realeza, se proclama la república, que queda gobernada por dos magistrados patricios, asistidos por el Senado. Se toman grandes medidas para consolidar la supremacía romana, pero las clases pobres, oprimidas por las más ricas, que gozaban de todos los derechos, se rebelaron al ver la penosa situación en que las colocaba la dictadura preconizada por los senadores, en casos especiales con poderes soberanos y totales en todas las cuestiones de la vida y muerte de cada uno.
Inspirados por las fuerzas espirituales que les asistían, los plebeyos en masa abandonaron la ciudad, retirándose hacia el Monte Sagrado, pero los patricios, siendo conscientes de la gravedad de aquella actitud extrema, les envían a Menenio Agripa, que pronto se desentiende del compromiso contraído, haciendo apología a los rebeldes de los miembros y del estómago, que constituyen, en el mecanismo de su armonía, el perfecto organismo de un cuerpo. La plebe acuerda regresar a la ciudad, aunque impone condiciones que fueron aceptadas sin dilación. Los tribunos de la plebe inauguran, entonces, un período de bellas conquistas de los derechos humanos, culminando en la ley Canueleia, que permitía el matrimonio entre patricios y plebeyos y con la ley Ogulnia, que confiere a estas últimas funciones sacerdotales.
LA FAMILIA ROMANA
Mucho podríamos comentar, al margen de la Historia, pero nuestros fines son otros, considerándonos en el deber de resaltar aquí las sagradas virtudes romanas, en la institución de la familia, en mucho superior a la de la propia Grecia, llena de sabiduría y belleza. La familia romana, en sus tradiciones gloriosas, está constituida con el más sublime respeto a las virtudes heroicas de la mujer y con la comprensión de los deberes del hombre, ante sus sucesores y antepasados. Acordándonos de Roma en su dorado período de trabajo, acuden lágrimas amargas a nuestros ojos…
¿Qué genio maldito se inmiscuyó en ese pueblo sublime, dentro de sus más íntimos fundamentos, devorando las esperanzas más nobles, corrompiendo sus sentimientos y relajando sus energías? ¿Qué fuerza devastadora derribó sus estatuas gloriosas de virtud? En vano la mano misericordiosa de Jesús descendió sobre su frente, levantándolo de caídas tenebrosas, antes del triste espectáculo de su desaparición. Los abusos de poder y de libertad de sus habitantes convirtieron el nido de amor y trabajo en un montón de ruinas, ahogándole en un mar de lodo sangriento.
LAS GUERRAS Y LA MAYORÍA DE EDAD TERRESTRE
En breve, la familia romana, llena de tradiciones de generosa belleza, fue dilacerada por los genios militares y los espíritus guerreros. El progreso incesante de la ciudad creaba la tendencia general al expansionismo en todos los dominios. Pero las bases del Derecho Romano y la sociedad familiar señalaban el período de la mayoría de edad terrestre. El hombre con semejantes conquistas, podía emprender el vuelo hacia las más altas esferas espirituales. Las legiones magnánimas de Cristo se aprestaron para preparar los últimos detalles de Sus gloriosos caminos en la faz de la Tierra. El Evangelio debería llegar como un mensaje eterno de amor, luz y verdad para todos los seres.
Aunque la libertad personal y colectiva es respetada por el plano invisible, Roma no se muestra digna de las numerosas dádivas recibidas. En lugar de extender sus lazos a través de la educación y la concordia, se deja prender por una legión de espíritus agresivos y ambiciosos, agrandando su influencia mundial por las lanzas y catapultas de sus guerreros.
Después de las conquistas de la península itálica, emprende la conquista del mundo, con las guerras púnicas, terminando por someter todo Oriente, donde también se encontraba Grecia, agotada y vencida.
Los enviados de Cristo compaginan esos terribles movimientos dentro de las pruebas necesarias a los individuos y grupos, pero la realidad es que Roma asumía las más pesadas responsabilidades y los más penosos débitos ante la justicia divina. Sus águilas victoriosas cruzan todos los mares, el Mediterráneo es propiedad suya y el Imperio Romano es el imperio del hombre, oyendo la voz de mando de un solo hombre en casi todas las regiones pobladas de la Tierra.
EN LAS VÍSPERAS DEL SEÑOR
Las fuerzas de lo invisible no descansaban. Se vertieron muchas lágrimas, en las alturas, en vista de tan nefastos acontecimientos. Cristo reunió en asamblea a Sus emisarios. La Tierra no podía perder su posición espiritual, después de las conquistas de la sabiduría ateniense y de la familia romana. Entonces se movilizan las entidades angélicas del sistema, en las proximidades de la Tierra, adoptando providencias de una gran importancia. Las enseñanzas del Salvador deberían resplandecer ahora para los hombres, controlando su libertad con el ejemplo perfecto del amor. Todas las acciones se llevaron a efecto.
Se escogen los instructores, los precursores inmediatos, los ayudantes divinos. Se registra una actividad intensa en las esferas más próximas al planeta, y cuando reinaba Augusto, en la sede del gobierno del mundo, se vio una noche llena de luces y estrellas maravillosas. Las armonías divinas cantaban un himno de sublimes esperanzas en el corazón de los hombres y de la naturaleza. El pesebre es el teatro de todas las glorias de luz y humildad y, mientras amanecía una nueva era para el globo terrestre, nunca más se olvidaría la Navidad, la “noche silenciosa, la noche santa”.
Francisco Cândido Xavier
Por el espíritu Emmanuel
A camino de la luz
Historia de la civilización a la luz del Espiritismo
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