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En casa del memorialista .P.2

Sábado, 31 de Julio de 2010 Dejar un comentario Ir a comentarios

No falté al día siguiente a casa de Anselmo el memorialista, a la ho­ra del día anterior, donde me esperaban con impaciencia, para cenar juntos la abuela, el nieto y yo. Para reanudar la historia de Flor Azul, pregunté a Anselmo:

-Y los titiriteros, ¿no reclamaron a la pobre niña, de las piernas fracturadas?

-¡Qué la habían de reclamar! ¿No ve usted, que comprendieron

que Flor Azul revelaría su inicuo proceder, por el cual hubieran sido condenados a presidio?

Yo sí que los busqué; hice que la policía siguiera su pista, pero todo fue inútil. Para no cansarla, abreviaré mi relato y le diré que Flor Azul estuvo cuatro meses en el hospital, dos entre la vida y la muerte,  perju­dicándola  muchísimo el miedo de que el señor Morán fuera por ella. De su madre no hablaba mal, al contrario, la compadecía; pero en ha­blando de él, se horrorizaba y horrorizaba a los demás la relación de los martirios que la había hecho sufrir.

Mi tío, el deán, se interesó por mi protegida, de tal manera que du­rante su estancia en el hospital no le faltó nada; y como era tan simpáti­ca y tan cariñosa, todos la querían. El día que abandonó aquel triste asilo, las hermanas de la caridad, los médicos, los practicantes, las enfer­mas y los empleados, todos la despidieron con inequívocas muestras de cariñosa estimación.

Cuando Flor Azul se vio dentro del coche con mis tíos y conmigo, para venir a pasar la convalecencia en nuestra compañía, su gozo fue extraordinario; y cuando se vio dentro de casa y supo que no saldría nunca sola, nos demostró su gratitud de una manera verdaderamente conmovedora.

¡Qué días aquellos, tan hermosos! Nuestra casita se convirtió en un paraíso. Flor Azul en poco tiempo recobró la salud y la agilidad. Mi tío estaba encantado con ella; mi tía lo mismo; y yo era tan feliz, tan completamente dichoso, que hasta me causaba miedo tanta felicidad. Por aquella época vino mi padre, que al ver a Flor Azul quedó hechi­zado como los demás, y preguntó a su hermano qué pensaba hacer de aquella niña.

-No sé -dijo mi tío-; desde que la vi hice el propósito de consa­grarla a Dios, y sigo en la misma idea; pero te confieso que ya siento se­pararla de mi lado. No puedes formarte idea de su bondad, de la dulzu­ra de su carácter y de su aplicación al estudio. La pobrecita no sabía na­da, y yo me complazco en instruirla.

-Pues no te desprendas de ella-dijo mi padre-. Hazte cargo que tienes una hija; mañana la casas, y tendrás chiquillos que arranquen las hojas de tu breviario.

Yo, que amaba a Flor Azul con toda mi alma; que desde el momen­to que la vi no podía estudiar, porque sólo veía en mis libros su imagen y su nombre; aprovechando la disposición de ánimo de mi padre, les dije que quería confesarles un secreto. Entonces les participé cuanto sentía. Mi padre me apoyó fuertemente, pues no gustaba que yo si­guiera la carrera de la Iglesia, y mi tío se dejó convencer después de muchos ruegos. Corrí como un loco a decirle a Flor Azul que ya no se­ría sacerdote y que cuando fuera un buen maestro me casaría. La niña me miró, preguntándome con sus ojos quién sería la elegida de mi co­razón. Yo nada le dije, pero ella me comprendió, pues la vi palidecer y ruborizarse y juntar sus manos, como quien da gracias a lo descono­cido.

¡Ay, Amalia, amiga mía! Cinco años viví en el cielo de mis amoro­sas ilusiones. Flor Azul, sin embargo de haber pasado su infancia entre el cielo, a semejanza del armiño pasó sobre el lodo sin mancharse. ¡Era un ángel! Su alma, completamente virgen, no amó a nadie en el mundo más que a mí, y su inteligencia, que había permanecido inacti­va, se despertó al suave calor de la educación. Mi tía le enseñó las labores y ocupaciones femeninas. De su pasado no conservó Flor Azul más que un invencible temor de que pudieran un día robarla sus antiguos verdugos. Vivía exclusivamente para nosotros, y su hermosura au­mentó con el desarrollo de su inteligencia y la posesión de la felicidad.

Cinco años transcurrieron, después de los cuales, viendo mis tíos que la niña era ya mujer y que yo ganaba lo suficiente para vivir en fa­milia, resolvieron casarnos. Se preparó todo para la boda, y una hermosa mañana de primavera nos fuimos temprano a la iglesia, donde mi tío nos dio la bendición. Acto continuo subimos a un coche, acompaña­dos de dos familias amigas, dirigiéndonos a una casa de campo, donde pasamos el día alegremente. Por primera vez, Flor Azul, apoyada en mi brazo, me habló de las dulcísimas esperanzas que abrigaba para el por­venir; me contó todas las impresiones que había sentido desde el mo­mento en que me vio; me abrió su virgen corazón, y leí en él mi nom­bre, grabado con caracteres indelebles.

¡Cuán hermosa estaba Flor Azul sin más galas que su maravillosa hermosura! Porque, humilde y modesta, no permitió que se hiciera ningún gasto: un vestido blanco de muselina, el mismo que le sirviera para su primera comunión, constituía todo su adorno.

A las cinco de la tarde -nunca lo olvidaré-, llegó el sacristán de la parroquia de mi tío, diciéndole que fuera inmediatamente, que una moribunda reclamaba sus auxilios.

Este incidente nos contrarió a todos, y se concluyó la fiesta, yéndo­se mi tío con el sacristán y retirándonos nosotros a casa, en compañía de los convidados, que no tardaron en despedirse y retirarse a las suyas. Pero transcurría el tiempo, y mi tío no regresaba.

Ya mi esposa y yo estábamos inquietos por la tardanza, y hasta mi padre estaba contrariado, cuando llegó el sacristán diciéndonos que nos fuéramos con él mi padre, mi esposa y yo, que era indispensable nuestra presencia cerca de la moribunda.

Flor Azul se abrazó a mí diciendo:

-No sé qué tengo: creo que voy a perderte.

Yo también, sin poder explicar la causa, tenía miedo. Mi padre fue el único que se quedó sereno y nos dijo:

-Si no fuera porque mi hermano es un santo y se lo merece todo, os aseguro que no iríamos, en fin, el mal camino andarlo pronto; va­mos, muchachos, seguidme.

Y se fue delante, con el sacristán. Yo le seguí, llevando a mi esposa casi a remolque: la infeliz, apoyada en mi brazo, murmuraba a mi oído: -¡Creo que voy a perderte!… Y si te pierdo, me moriré; ¡sin ti no quiero la vida!

Los temores de ella iban aumentando los míos. No tuvimos que andar mucho; pronto llegamos a la casa, que era de pobrísimo aspecto. Cruzamos un patio; el sacristán empujó una puerta y entramos en un chiribitil húmedo y sombrío. Mi tío estaba sentado junto a un lecho miserable, en el cual se veía, entre harapos, una figura humana. Aque­lla forma, al vernos, se incorporó y lanzó un grito llamando a mi padre. Éste se acercó a la enferma, la contempló un instante, y luego, volvién­dose a mí, me dijo con voz trémula:

-¡Abraza a tu madre!

Yo no sé qué sentí, si gozo o terror; no tuve tiempo para distinguir­lo, viendo a mi madre coger de la mano a Flor Azul y oyendo que le decía:

-¡Hija mía!… ¡Tú eres mi hija!… ¡Perdona a tu pobre madre!… Y expiró…

Anselmo, abrumado por sus recuerdos, quedó sumido en triste meditación. Ni su abuela ni yo nos atrevimos a interrumpir, hasta que él reanudó su relato, diciendo:

-Si alguna vez he deseado la muerte, y que la Tierra nos tragase a todos, fue aquella noche. No sé el tiempo que permanecimos sin decir una palabra, sin respirar. Flor Azul, como un lirio tronchado, cayó jun­to a su madre; mi tío quedó clavado en su silla, transido de dolor; mi padre, iracundo y amenazador, miraba a la muerta, murmurando pala­bras incoherentes; y yo no sé lo que pensaba, pero veía mi felicidad destruida, porque Flor Azul, siendo mi hermana, no podía ser mi espo­sa. Hay momentos en que la locura es un bien inapreciable: en aquel instante yo deseé perder la razón o la vida; pero no fui digno de tal mer­ced, si bien tuve el consuelo de no ver sufrir a mi hermana, porque la luz de su inteligencia se apagó por completo. Cuando volvió a la vida de relación, una sonrisa estúpida se dibujó en sus labios, nos miró y entonó una canción que nunca le habíamos oído.

Seis meses vivió así, durante los cuales mi tío envejeció por veinte años. Mi padre nos dejó de nuevo y yo recibí el último suspiro de Flor Azul, que se fue apagando como una lámpara sin aceite.

-¿Y no recobró la inteligencia?

-No; y me alegré con toda mi alma, porque así no padeció. Cuando la dejé en la sepultura, me entregué a una muda desesperación, y lo que es peor, al vicio de la embriaguez, para olvidar… Mi tío, cansado de sufrir, quiso mudar de vida y se fue a su pueblo natal con su hermana, adonde yo no quise seguirle. Por entonces murió mi abuelo materno, y esta pobre anciana, al ser dueña de sus acciones, me buscó, y gracias a sus consejos y a sus ruegos y súplicas, perdí el vicio de la bebida, que me perjudicó muchísimo en mi carrera, a causa de la fea reputación que adquirí. En los buenos colegios donde daba lección, me cerraron las puertas, y descendiendo en la escala social, me hundí en la miseria en que usted me ve. Hoy no tengo vicios, pero como nada me une a la vida, no doy ni un solo paso en mi mejoramiento; espero la muerte co­mo único consuelo, y creo que no me he dejado morir, por esta pobre anciana.

-¿Y por qué no ha tratado usted de crearse una familia? Aún es jo­ven, y el amor de los hijos habría podido trocar su desesperación en dulce tranquilidad.

-No se ama más que una vez en la vida, y yo di a Flor Azul toda la ternura de mi alma.

Me inspiró tanto afecto y respeto el pobre memorialista, que traté de iniciarlo en el Espiritismo, por ver si hallaba consuelo en nuestra doctrina. A los pocos días, después de leer las obras de Allan Kardec, me decía Anselmo conmovido:

-Amalia, sería un ingrato si no le dijera que le debo más que la vi­da, pues hoy creo en la supervivencia del alma. Flor Azul se ha comuni­cado conmigo, no me cabe duda; lea usted.

Y me entregó un papel lleno de manchas azuladas: las lágrimas del pobre Anselmo habían indudablemente caído sobre las letras. Era una comunicación ternísima y conmovedora, que terminaba con estas pa­labras:

«Los dos hemos faltado a la ley suprema, y por esto, al acercar nuestros labios a la copa de la felicidad, los lazos humanos nos impi­dieron formar divinos lazos de amor: que no merecían ser dichosos los que un día menospreciaron el amor y la justicia.

»Nuestros espíritus hace muchos siglos que se aman. El día de las almas es eterno… Después de algunas existencias expiatorias, realiza­remos nuestro hermoso sueño. ¡Espérame!, que también te espera en el espacio, Flor Azul.»

Cuando conocí a Anselmo, que no tenía ninguna creencia, inspira­ba profunda compasión; y cuando se entregó de lleno al estudio de la filosofía espirita, si no era feliz, estaba muy lejos de ser desgraciado, pues tenía la certidumbre de que no estaba solo en la Tierra, que le amaba y le protegía desde ultratumba el ángel de sus amores, su inolvi­dable Flor Azul.


AMALIA DOMINGO SOLER

CUENTOS ESPIRITISTAS.

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